viernes, 1 de marzo de 2019

El talento

Mi primera noche con él fue en Valsaín.
Juntos pero no revueltos, cada uno en su vivac, pasando el examen de la formación de guía de montaña. 

Me siento orgullosa de que hayamos sido compañeros, no por su nivel sino por el mío. En la formación de guía de montaña el concepto de igualdad se entiende como que la mujer, para aprobar o sacar nota, lo hace todo igual que el hombre (mismo peso, mismos tiempos de corte, misma técnica). Y si eso no es sencillo de por sí, mucho menos cuando en el pupitre de delante tienes a ultrafondistas de la selección madrileña de carreras por montaña, en el de la derecha a un campeón internacional de skyrunning y en el de la izquierda escaladores con grado 7-8. Allí el más lento había hecho dos UTMB y 3 GTP. Con cada lágrima derramada me decía para animarme «tranquila, Bea, que esta gente va a forjar tu leyenda». Pero, a medida que pasaban los días y las horas, y a pesar de estar aprendiendo mucho y en parajes preciosos, deseaba huir como un corzo. Tal vez (aún no lo tengo claro) para ser guía de montaña es imprescindible que una mujer iguale a un hombre físicamente pero es una lástima que no se trabaje en la dirección inversa, que un hombre iguale las capacidades de una mujer. En ese sentido, es un mundo muy atrasado con respecto al mío y me ahogo en él. 

Me reconfortó comprobar que, en esta obsesión por la supremacía del físico masculino, nadie o casi nadie se daba cuenta de que la velocidad de mi compañero no nace de las pulsaciones de su corazón o de los músculos de sus piernas, sino de la agilidad con la que lee el terreno. Posa su mirada sobre el horizonte y en su mente se dibuja la orografía como si fuera un mapa de Adrados. Todos (profesores y compañeros) se llevaron las manos a la cabeza cuando él se presentó al examen sin mapas. Yo no, porque ¿desde cuándo ha necesitado mapa un rebeco para andar por el Puerto de la Fuenfría? Cuando eres bueno lees el mapa, la partitura, el discurso, etc.; pero cuando eres excelente lo haces de memoria. De toda la vida. 

Somos de mundos distintos pero tenemos una cosa en común, el ansia de libertad. Me tendió la mano. Pudiendo alardear con la superioridad del campeón, lo que le salió del alma fue el instinto de protección. Fue él quien eligió el sitio de mi vivac a su lado por si yo le necesitaba por la noche. 

A las tres de la mañana aquello más que un campamento parecía un zoológico y quien primero se levantó para negociar con los dueños de la zona no fueron los profesores ni los dioses deportivos sino la pianista y es que, no sé a valor, pero a oído no me gana nadie. Él sí sacó la cabeza para comprobar que yo estaba bien y al ver que el zorro y yo estábamos sentados juntos como si fuera la famosa escena de El Principito de Saint Exupéry en la que se explica cómo se construye una amistad, se volvió a dormir. Debo confesar que luego envié al zorro a que molestara a los que no eran tan amables conmigo… pero nunca pensé que me haría caso y se les metería dentro del vivac. 


Viniendo de la música clásica, sé que no hay gran talento sin gran fragilidad. Cuanto más grande es el talento, más complejo es ordenarlo. La película Amadeus de Milos Forman no es fiel a la biografía de Mozart, pero sí ilustra lo difícil que resulta a un genio amoldarse a las convenciones. Por eso mi compañero a mí también me inspira instinto de protección. 

Mientras todos le halagan por cómo sube yo le hago ver que un récord sin reloj y sin testigos no puede considerarse récord. Me saca de quicio cuando bate el récord del Camino de Santiago y se olvida que hay que sellar la credencial del peregrino, pero me encanta cuando utiliza el voseo del castellano antiguo y dice «vos digo que entrenéis mucho». Nunca se enfada conmigo. Solo dice que él es un rebeco y yo me muerdo la lengua para no decir que sí, que sube con un rebeco pero que a veces es terco como una mula. 

Ha nacido para hacer historia. Tiene el potencial para destronar a todos los reyes de este deporte y la única arista que se le resiste es la de gestionar su propio talento. Además será un gran guía de montaña porque, a diferencia de todos los que necesitan hacer un alarde continuo de su físico o de su técnica, el prioriza cuidar a los demás. 

En esta entrevista se muestra muy prudente, demasiado a mi gusto, pero la culpa es mía, porque llevo seis meses repitiendo en bucle una melodía de cuatro notas: —Cabeza, Manu, cabeza. 

Bienvenidos a la personificación del talento, Manuel Merillas