Si todos nos pareciéramos más a él, la Real Academia de la Lengua emitiría un comunicado informando de que suprime de su Diccionario, por falta de uso, la palabra «machismo». Si todos nos comportáramos más como él, dejaríamos de hablar de igualdad y de utilizar esa palabra tan necesaria pero tan fea fonéticamente que es «empoderarse».
Estáis acostumbrados a verle de segundo: admirando, apoyando, ayudando, iluminando… pero es un primero en toda regla. No solo como corredor, sino como alpinista. Lo que pasa es que no es muy competitivo y muchas veces piensa en el otro antes que en sí mismo y eso, como todos sabemos, es fatal para subirse al cajón, pero si él quisiera no se bajaría de él.
Su virilidad, su masculinidad están a la vista, así que no voy a dedicarles una palabra. Su ternura, en cambio, oculta tras la barba de varios días, la ropa de montaña o el uniforme de su profesión, es menos visible. Es un hombre cariñoso, no espera a conocerte para dar cariño. Te sientas en el pupitre de detrás, se gira, te mira, te sonríe y ya empieza a dártelo. Porque sí, porque esa es su forma de ser.
Es paciente, y ser paciente cuando te sobra nivel es una inmensa virtud, muy escasa, por cierto, en esto de los deportes de montaña donde a todos nos ciega el afán de demostrar lo rápidos y fuertes que somos. Le falta tiempo para alabar tus cualidades, para dar un paso atrás y ponerlas de relieve. Tu 9 en el teórico de orientación es el no va más, pero espera, que él también ha sacado un 9 y además en un día nefasto, descentrado, roto porque acaba de perder a uno de sus compañeros de profesión. Da igual, el 9 que cuenta es el tuyo, el de él no es nada. Su simple presencia potencia lo poco o mucho que tú sepas hacer: si eres mediocre te hace un ganador, si eres un ganador te convierte en una leyenda.
En el simulacro de rescate de la Formación de Guías de Montaña los profesores me eligieron para coordinarlo, junto con otro compañero, un magnífico escalador. Habría sido tonta si no hubiera elegido al protagonista de esta entrevista como jefe de uno de los equipos. Los heridos no eran otros que los profesores convertidos durante unas horas en inexpertos y asustados senderistas mutantes. Os lo podéis imaginar: «no sé dónde estoy, no sé por dónde iba, el móvil no tiene batería, etc.» Mutantes porque el que se llamaba Pedro a la media hora era Juan, su cazadora naranja cambiaba de color a verde y su rotura de tobillo degeneraba en un infarto, es decir, los profes iban improvisando-complicando sobre la marcha. Pero daba igual, éramos una clase con feeling y, por tanto, funcionábamos como la seda: tres equipos competentes y él a cargo del más rápido, mi compañero escalador manejando la radio como si fuera Jefe de Telecomunicaciones en la Nasa y yo traduciendo el galimatías incoherente de los mutantes en coordenadas precisas. Localizamos al primer herido en la cota 1773 paralela a la Cuerda de las Buitreras de los Riscos de la Maliciosa. Íbamos camino del segundo, pero los profes incrementaron el caos de los mutantes y, sobre todo, nos cambiaron de rol: a mi compañero le tocó trabajar con mis notas y a mí a la radio. Perdimos al 2º herido por segundos. Aún así, el especialista del GERA (Grupo Especial de Rescate en Altura) nos felicitó pero mi entrevistado estaba descontento, casi enfadado. Ese día lo vi claro, vi al león rugir, porque en eso del rescate sí era competitivo, sí quería ser el mejor, sin concesiones y no le consolaban las alabanzas o que fuera un simulacro.
A lo largo del año hay más eclipses de luna que veces en que yo utilizo la palabra amigo, absolutamente sagrada para mí. Él me la inspira porque, consciente o no, practica en la montaña y en la vida el bushido al pie de la letra. Justo, valiente, benevolente, respetuoso y leal, pocas veces he conocido en mi vida un hombre al que le resulte tan natural entender y apoyar a una mujer que triunfa.
Estáis acostumbrados a verle de segundo: admirando, apoyando, ayudando, iluminando… pero es un primero en toda regla. No solo como corredor, sino como alpinista. Lo que pasa es que no es muy competitivo y muchas veces piensa en el otro antes que en sí mismo y eso, como todos sabemos, es fatal para subirse al cajón, pero si él quisiera no se bajaría de él.
Su virilidad, su masculinidad están a la vista, así que no voy a dedicarles una palabra. Su ternura, en cambio, oculta tras la barba de varios días, la ropa de montaña o el uniforme de su profesión, es menos visible. Es un hombre cariñoso, no espera a conocerte para dar cariño. Te sientas en el pupitre de detrás, se gira, te mira, te sonríe y ya empieza a dártelo. Porque sí, porque esa es su forma de ser.
Es paciente, y ser paciente cuando te sobra nivel es una inmensa virtud, muy escasa, por cierto, en esto de los deportes de montaña donde a todos nos ciega el afán de demostrar lo rápidos y fuertes que somos. Le falta tiempo para alabar tus cualidades, para dar un paso atrás y ponerlas de relieve. Tu 9 en el teórico de orientación es el no va más, pero espera, que él también ha sacado un 9 y además en un día nefasto, descentrado, roto porque acaba de perder a uno de sus compañeros de profesión. Da igual, el 9 que cuenta es el tuyo, el de él no es nada. Su simple presencia potencia lo poco o mucho que tú sepas hacer: si eres mediocre te hace un ganador, si eres un ganador te convierte en una leyenda.
En el simulacro de rescate de la Formación de Guías de Montaña los profesores me eligieron para coordinarlo, junto con otro compañero, un magnífico escalador. Habría sido tonta si no hubiera elegido al protagonista de esta entrevista como jefe de uno de los equipos. Los heridos no eran otros que los profesores convertidos durante unas horas en inexpertos y asustados senderistas mutantes. Os lo podéis imaginar: «no sé dónde estoy, no sé por dónde iba, el móvil no tiene batería, etc.» Mutantes porque el que se llamaba Pedro a la media hora era Juan, su cazadora naranja cambiaba de color a verde y su rotura de tobillo degeneraba en un infarto, es decir, los profes iban improvisando-complicando sobre la marcha. Pero daba igual, éramos una clase con feeling y, por tanto, funcionábamos como la seda: tres equipos competentes y él a cargo del más rápido, mi compañero escalador manejando la radio como si fuera Jefe de Telecomunicaciones en la Nasa y yo traduciendo el galimatías incoherente de los mutantes en coordenadas precisas. Localizamos al primer herido en la cota 1773 paralela a la Cuerda de las Buitreras de los Riscos de la Maliciosa. Íbamos camino del segundo, pero los profes incrementaron el caos de los mutantes y, sobre todo, nos cambiaron de rol: a mi compañero le tocó trabajar con mis notas y a mí a la radio. Perdimos al 2º herido por segundos. Aún así, el especialista del GERA (Grupo Especial de Rescate en Altura) nos felicitó pero mi entrevistado estaba descontento, casi enfadado. Ese día lo vi claro, vi al león rugir, porque en eso del rescate sí era competitivo, sí quería ser el mejor, sin concesiones y no le consolaban las alabanzas o que fuera un simulacro.
A lo largo del año hay más eclipses de luna que veces en que yo utilizo la palabra amigo, absolutamente sagrada para mí. Él me la inspira porque, consciente o no, practica en la montaña y en la vida el bushido al pie de la letra. Justo, valiente, benevolente, respetuoso y leal, pocas veces he conocido en mi vida un hombre al que le resulte tan natural entender y apoyar a una mujer que triunfa.
Bienvenidos al Samurái, bienvenidos a Tito Parra.